VERBUM CARO FACTUM EST
A lo largo de estos días, con cierta intensidad, o a veces por mero compromiso, nos intercambiamos mensajes. Lo que antes de hacía con semanas de antelación a través de las postales de navidad, ahora se deja para el mismo día enviando mensajes masivos en las redes sociales. Un mensaje que circula por la nube y que en realidad no sabes exactamente a quien le llega. Algunos de los que están en agenda les dedicamos un poco más de tiempo. Y los mensajes pueden ser precocinados por otros, incluso por la IA, personalizados, y ya está, con las consabidas "felicidades", "felices fiestas", "feliz Navidad" y los augurios de buena suerte, salud, que seas feliz... y un largo etc.
Celebramos en la Navidad no que Dios envía un mensaje, una declaración de intenciones de lo que nos haría felices, o lo adecuado a nuestra condición estilo revelación a Moisés en el monte entregando los mandamientos. Celebramos que Dios se entrega como mensaje, confluyen en el Hijo la Palabra creadora, la existencia en la eternidad, que se hace mensaje visible, palpable. El rostro de Dios es visible, concreto, toma la fisonomía de una persona humana, se hace uno de nosotros, con nosotros. Nos dice el Concilio Vaticano II
Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras. DV 2
Si quieres conocer el rostro de Dios mira a Cristo, nacido, que vive en la cotidianidad de lo humano, que llora, siente la fragilidad, tiene miedo, pero también confía totalmente, se entrega con absoluta libertad, ama sin límites. Llega a lo incomprensible de la donación total en la cruz, de mostrarnos la gloria de inmortalidad. Pero no es lo ajeno a nosotros, sino que nos arrastra con su amor a atrevernos a ser nosotros la presencia de su amor siendo hijos en el Hijo, elegidos por Dios en el Hijo para la santidad, ser llamados a ser en Cristo desde toda la eternidad, pues él es terno.
Si quieres conocer la palabra comprende el silencio. Porque no somos consumidores de mensajes vacíos, sino comunión que se fortalece en la palabra compartida, que se hace vida compartida. Porque la palabra pertenece a dos, al que la pronuncia y al que la escucha (Michel de Montagne). Conocer a Cristo es conocer las Escrituras (S Jerónimo), por lo que si necesitamos conocer la compasión que debe regir nuestra vida es necesario acercarse a Cristo y verlo acercarse al dolor de los hombres; si buscamos misericordia, vemos a Cristo estar con los pecadores; si estamos en camino de la caridad vemos los gesto de cercanía, de atención de sanación con los enfermos y los pobres. Si queremos ser nosotros mismos, necesitamos conocer mejor a Cristo
Jesús se presenta precisamente como Aquel que ha venido para que tengamos vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Por eso, debemos hacer cualquier esfuerzo para mostrar la Palabra de Dios como una apertura a los propios problemas, una respuesta a nuestros interrogantes, un ensanchamiento de los propios valores y, a la vez, como una satisfacción de las propias aspiraciones. (VD 23)
«el Hijo de Dios se hace Hijo del hombre para que el hijo del hombre llegara a ser hijo de Dios» S Ireneo. Es el reto de nuestra vida, aceptar que somos hijos, asumirlo con agradecimiento, vivirlo con intensidad, forjarlo cada día en la debilidad. Ser hijos e hijas y vivir como hermanos.
Con María digamos "Hágase en mí" que seamos dóciles y dejarnos hacer
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