FE DE PEDRO Vs. FE DE LA MUJER CANANEA
Contemplamos el domingo a Pedro lanzándose al mar. Quería caminar sobre las aguas. En medio de la bravura del temporal coge miedo. "Hombre de poca fe" e igual que sus compañeros, proclama la divinidad de Jesús como Hijo de Dios. Tempestad, miedos, riesgo, pero una fe insignificante.
Hoy Jesús está en otro lugar. Una mujer, extranjera grita. Está desesperada. Su hija tiene un demonio muy malo. Grita suplica. Jesús pone a prueba su fe. Una mujer que no pertenece al pueblo elegido hace una profesión del poder de Jesús "Señor, Hijo de David". Y su respuesta es valorada como un paso de universalidad de la salvación, pues los perritos comen también las migajas que caen de la mesa de los amos. ¡Dios mío! que humildad la de esta madre.
Frente a la declaración de la poca fe de Pedro y los apóstoles, hoy Jesús alaba la fe de esta mujer "Que grande es tu fe"
Estamos muy acostumbrados a encasillar a las personas y declararlas puras o impuras, merecentes o inmerecederas, buenas o malas, progres o cargas, modernos o anticuados... y cuantas veces fallamos en nuestra visión.
Desde el Concilio venimos hablando del diálogo dentro de las comunidades cristianas (hoy le llamamos sinodalidad en la escucha comunitaria del Espíritu), con el mundo para discernir los signos de los tiempos, con la ciencia para comprender la complejidad de la existencia, la cultura para caminar en belleza y creatividad, con la política para trabajar por la paz y la justicia, con la economía para que no olvidemos el bien común y la distribución justa de los bienes... y así en un largo, que no letargo, diálogo que nos abra a la maravillosa aventura de construir, sanar, abrir caminos de esperanza...
La Iglesia experta en humanismo no puede más que ir en nombre del Señor a servir. Jesús acoge las diversas situaciones, la de Pedro y sus discípulos, así como la de la mujer, la madre cananea, que tienen en común que parten de una realidad humana: ver peligrar la vida, experimentar a fondo el sufrimiento. El grito se convierte en una puerta a la fe. Jesús ve la misma realidad humana en los que son sus amigos, los miembros del linaje de Israel y aquella madre extranjera. Lo humano y el sufrimiento no tiene fronteras. La apertura a la fe es una llamada universal. Por eso es tan importante que aprendamos a escuchar y a dialogar. Escuchar conociendo y entrando en comunión con los que no se les permite expresarse, los que han perdido su libertad, los que se les niega la educación, los que no tiene acceso a las condiciones mínimas de subsistencia, los que sufren las guerras, los que viven atrapados en redes de violencia... Jesús penetra con su Pascua toda esta condición y la rescata.

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