El encuentro con Jesús resucitado es provocativo, impulsa una respuesta. Él se acerca, lo hace con la delicadeza del amor, con la presencia de la paz. Hace una semana contemplamos que vino a los suyos, encerrados en el cenáculo, y no les echa en cara sus cobardías, ni sus negaciones o huidas, sino que, a través del Espíritu creador los hace ministros de la reconciliación. El que ha sido restaurado en el amor es el mejor mensajero del perdón.
Este domingo lo vemos caminando con los que huyen. Dos, Cleofás y el otro, algunos dicen si es otra, su esposa, que quieren llegar a Emaús. Sus miedos les llevan a buscar refugio fuera. Huir es una solución para ellos, pero no para Jesús. El encuentro del Señor les va dando una nueva visión de la cosas. Jesús provoca un cambio de mirada. Hoy lo resumo en tres palabras: forastero, huésped y hermano.
El que camina junto a ellos no lo reconocen, es alguien extraño, pero se dejan llevar por la conversación. No se cierran a que todos tienen algo que enseñarnos. El diálogo es abierto, sincero. Van revelando sus decepciones, sus fracasos, sus dudas y cegueras. Romper los prejuicios nos descubre la riqueza del encuentro. Caminar con otros nos sitúa en una ruta de sorpresas.
Abren la puerta y le ofrecen alojamiento. Hospedar al forastero posibilita que la intimidad de nuestro espacio no es cerrado, se puede convertir en una llamada a servir: acoger, servir, ofrecer, dar reposo al cuerpo cansado y al corazón inquieto.
Sentados a la mesa, el forastero, el huésped, hace los honores de dar gracias, rezar, bendecir, partir el pan. Se abren los ojos a la presencia del Reino, a la presencia del Resucitado, del que crea y establece nuevos vínculos, ya nadie es forastero, somos peregrinos a un hogar que nos abre las puertas y nos sienta en la mesa de la fraternidad.
Ellos ofrecieron una conversación, una casa, una mesa, y el Señor los restaura. ¿Qué podemos ofrecer nosotros?





