ES TIEMPO DE CONVERSIÓN
Hemos iniciado el miércoles pasado el tiempo cuaresmal. El papa, siguiendo las costumbres de sus antecesores, nos envió un mensaje. Es claro y muy concreto. Su primer mensaje nos invita, una vez más, ir a lo esencial. Permitidme que a lo largo de esta primera semana vaya desgranando algunos aspectos y los comparta con vosotros. Lo que me inspira el Señor en la oración os lo envío, consciente de que es una pobre contribución en el universo digital en el que navegamos.
Comienza el mensaje con este párrafo que transcribo
La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Tiempo. Un tiempo que viene determinado por un inicio y un final. de Miércoles de ceniza a Jueves Santo. Un tiempo, o un momento, espacio que está al servicio de un objetivo, la conversión de nuestras vidas, volver la mirada al centro de nuestra existencia que es el mismo Dios, desterrar con los medios que nos ofrece, lo que nos impide, u obstaculiza, llegar a la Pascua.
Recordando el principio propuesto en su momento por Francisco "el tiempo es superior al espacio" nos ofrece la posibilidad de abrir la mirada y hacerlo en ojo de buey. Una mirada que engloba el tiempo que aglutina diversas etapas, momento, espacios que consiguen en nosotros la meta soñada. Así, el tiempo global es de 90 y no de 40, porque el reto no es que celebremos la cuaresma, sino, que veamos el final, Pascua y Pentecostés. La mirada se extiende desde un montón de cenizas, pasando por unos días de pasión, muerte, sepultura y resurrección, y finalizar siendo enviados marcados por la luz, sellado por el fuego del amor. Lo que comienza en el secreto de nuestro corazón (orar, ayunar, dar limosna), va mascullando el corazón, intensificando con fuerza el alma y, resucitados en Cristo, ser enviados a proclamar la Buena Noticia. Podré ser mensajero, mensaje, si dejo que el Señor destierre, derrote, elimine, destruya, queme en mi interior lo que no es del Señor. Polvo, tierra, humus, muerte, llamado a ser carne, vida, eternidad.
La cuaresma es la nueva oportunidad de la Gracia de salvar, rescatar, recomponer, rehacer, lo que la derrota deja diseminado en la batalla del día a día. A veces ya con las armas inservibles que son llamadas a convertirse en arados y podaderas en la viña del Señor.
Y es la Iglesia quien nos invita con cuidados de madre a devolver la belleza y la fuerza a nuestro corazón. Cuidados de madre en la palabra susurrada como semilla que cae en tierra, rocío que se derrama, y espera paciente que sea brote de vitalidad renovada. Madre que se desvela, que permanece en vela, atenta, despierta a la espera del hijo perdido, del hermano envidioso, de la oveja descarriada, de la moneda perdida. La madre con entrañas, que ayuna, no son días de fiesta mientras no se restaure el alma. La madre con generosa disponibilidad a ser servidora del que gime en el lecho, se duele en su interior, traga lágrimas amargas de sufrimiento.
En este tiempo, tiempo, momento, espacio intenso, pon la mirada en el horizonte, escucha el murmullo de la vida que espera, que despierta y espabila el alma, porque la muerte no es dueña, es compañera de viaje y se queda a la puerta del paraíso.

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