CÉSAR, DIOS. DIOS, CÉSAR
Jesús sigue en el templo. Expulsados los mercaderes, relatadas varias parábolas que nos fueron mostrando diversos aspectos del Reino. Jesús les va echando en cara a los ancianos y sacerdotes su incoherencia y falta de fe. Pero hoy comenzamos un nuevo ciclo de conversaciones y controversias. Son los fariseos, dirigentes religiosos, y los herodianos, un sector político los que vienen a "tentar" a Jesús. Sacando la moneda de un denario de la bolsa, con la imagen del emperador Tiberio, con la inscripción "Tiberio César Augusto, hijo del Augusto, y con la figura de una sacerdotisa y las palabras Máximo pontífice. Una moneda que según los criterios del pueblo judío los hace partícipes de un contacto con lo pagano y el sometimiento romano. La pregunta sobre el pago del impuesto no es anecdótica.
La respuesta de Jesús no es fácil, si responde positivamente, los fariseos lo acusarán de colaboracionismo y partidario de Roma, si contesta no, los herodianos los acusarán de lo contrario, agitador de, pueblo y revolucionario. Estas acusaciones aparecen al final en el juicio contra Jesús. Lo llevan ante el delegado del emperador diciendo que se hace pasar por rey y que va contra el César. Lo llevan ante el sanedrín y lo acusan de blasfemo.
Jesús no habla de la separación de poderes, ni del impago, sino que nos invita a ver. ¿Que ves en la moneda, de quien es la imagen? y Nos pregunta ¿que cuño, que imagen, que sello ves en tu vida? El sello acuñado en el hombre es la imagen de Dios que ha pagado el precio de nuestra libertad en la imagen perfecta de su presencia que es su Hijo. Es el Hijo de Dios, Jesús, quien le devuelve al hombre su condición más verdadera. Todo está traspasado por la presencia de Dios. Nada de lo humano es ajeno al amor de Dios.
El papa Francisco comentando este texto nos decía "Cada uno de nosotros, por el Bautismo, está llamado a ser presencia viva en la sociedad, animándola con el Evangelio y con la savia vital del Espíritu Santo. Se trata de esforzarse con humildad y con valor, dando la propia contribución a la edificación de la civilización del amor, en la que reinan la justicia y la fraternidad " (18-10-2020)
La persona humana, como imagen y semejanza del Creador, restaurada en Jesús, tiene una dignidad inviolable y que debe ser custodiada por los servidores del bien común y de la sociedad. Todos debemos vivir nuestra vocación de custodiar, cuidar, dignificar a cada persona y tener la mirada de la realidad como signos de la llamada de Dios a vivir la santidad en el mundo de hoy. Hacer presente el Reino.

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